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La modificación de las prácticas ciudadanas
*

por Lic. Alejandro Miguel Ramírez

  “Preparo 40 antorchas cada martes, a veces me faltan porque somos más y otras me sobran porque venimos menos; pero siempre hay más de 25 personas participando de la Marcha.
Raquel es la encargada de preparar minuciosamente las velas contenidas en los envases plásticos para las personas congregadas cada semana, y esto la convierte de algún modo en la persona que lleva la cuenta de la cantidad de gente que participa de la Marcha” (tesis de Pilar Guala, páginas 21 e 22).
 

En realidad todos los integrantes de la Marcha debieron aprender de golpe qué era esto de protestar y reclamar. La mayoría no había participado nunca de estas prácticas, ni tampoco pertenecían a partidos políticos, ni sabían de militancias en otras organizaciones sociales; pero con aciertos y errores empezaron a comprender de qué se trataba la lucha, contra qué y quiénes peleaban; quiénes estaban de qué lado; y así comenzaron a reconocer y responsabilizar a funcionarios políticos y judiciales que nunca antes se hubieran imaginado siquiera conocer sus nombres.
De a poco, con más voluntad que sapiencia, tuvieron que darse una organización propia con la cual sostener en estos tres años una continuidad que asombra por la perseverancia y la tenacidad, pero también por las convicciones con que encaran esas actividades. Así cada uno comenzó a responsabilizarse de alguna tarea de las tantas que demanda organizar la Marcha de cada semana, para poder reflejar mejor el dolor, el recuerdo, la memoria, pero también para encontrar las mejores maneras de hacerse visibles frente a los “inundadores” y sus encubridores judiciales.
Por eso la Marcha homenajeó en un primer momento a los muertos con la colocación de pequeños recipientes de vidrio con 23 velas encendidas en la explanada de Casa de Gobierno; pero cuando el 29 de julio de 2004 la Casa de DDHH dio a conocer el primer informe sobre personas fallecidas por la inundación, la Marcha de las Antorchas resolvió instalar unas cruces de madera en el centro de la plaza, junto al monumento central, algunas de las cuales tienen un nombre escrito con tinta y a veces algunas flores con que rinden homenaje y recuerdan a sus familiares y amigos. Esas cruces aún permanecen allí y nadie del gobierno se atreve a tocarlas y mucho menos sacarlas, pese a la fragilidad de su construcción.

Otro aspecto que refleja el cambio sufrido por los inundados, tiene que ver con que devino en necesidad vital para ellos el convertirse –obligatoriamente- en todólogos: de repente se encontraron con que eran un poquito abogados, un poquito ingenieros civiles e ingenieros en recursos hídricos, un poco psicólogos, sociólogos, politólogos, especialistas en derechos humanos, etc.
Algo de jurista, algo de ingeniero (también poeta, como luego me comentaba), el Flaco –al igual que los demás que concurren a las reuniones de la Marcha- saben de alturas del río, de la trampa en que se convirtió Santa Fe con esas defensas que una vez superadas transformaron a todo el oeste en una inmensa pileta mortal; de la irracional construcción de la ruta Nacional Nº 168 que une Santa Fe con Paraná la que, al cruzar los diferentes ríos con sólo algunos puentes aliviadores, se convierte en una barrera antinatural para el normal escurrimiento del agua. Pero por sobre todas las cosas aprendieron que los representantes políticos no han dejado de engañar a sus representados; y que sin control sobre ellos no hay democracia posible ni justicia para nadie.

Esto los llevó a ocupar espacios y edificios públicos y aunque muchos de ellos no conocían la Plaza 25 de Mayo y mucho menos dónde quedaba la Casa de Gobierno o el Palacio de Justicia; pronto aprendieron a convivir y hasta adueñarse de esos lugares:
--Caminar entre los edificios públicos ocupando un espacio propio, que han sabido apropiarse cada martes, constituye un lugar común de resistencia abierto a las manifestaciones:
--Decimos lo que los inundados sentimos, pensamos y queremos.
--En la plaza nos sentimos íntegros, libres y dignos...

Y también a bautizar funcionarios con sobrenombres o adjetivos que –mas allá de su “incorrección política”- expresan no sólo un quiebre de la relación imaginaria entre representados y representantes, sino fundamentalmente un salto cualitativo en su práctica ciudadana. Así, a Reutemann dejaron de llamarlo Sr. Gobernador, para ser “el Gran Inundador” (por extensión, también se le llama “Inundador” al actual gobernador Jorge Obeid, quien viene alternándose ininterrumpidamente en el cargo con Reutemann desde 1991); al primer juez de instrucción de la causa, Diego de la Torre: “Juez Tortuga de la Torre” por su reticencia a llamar a indagatoria a los funcionarios provinciales y municipales, y por no considerar pruebas que los mismos inundados le proveían; y finalmente “corrupto” al actual juez de la causa Dr. Jorge Patrizi y al fiscal Ricardo Favaretto por no cumplir su función de exigir el llamado a indagatoria de Reutemann después de haber recibido la promesa de ascenso a Juez por parte del actual gobierno.

Una característica de la Marcha es el haber sabido soportar presiones oficiales, ofrecimientos de cargos electivos, chantajes, etc. para preservar la independencia y claridad con que –no sin grandes pérdidas y desconciertos- pudieron convertirse en actores de la vida política de Santa Fe.
Desde hace tres años no les resulta tan sencillo a los funcionarios provinciales o municipales involucrados en esta causa caminar tranquilamente por las calles de la ciudad o pretender hablar en un acto, ya que allí estaban los inundados recordándoles su existencia y manteniendo viva la memoria para que los demás sepamos quiénes son y qué hacen ahora, para terminar con lo que el grupo llama el “reciclaje” de los mismos personajes pero en diferentes cargos o funciones.
El propio Reutemann lo vivió en carne propia cuando, una vez asumido su nuevo cargo como Senador Nacional, retornó a la ciudad el 22 de Octubre de 2004 para participar de una reunión con las autoridades del Ministerio de la Producción sobre la distribución de la cuota Hilton. En plena reunión, dos inundados levantaron en silencio dos carteles con la foto de los inundadores  y esto generó un insulto y una amenaza de Reutemann hacia uno de ellos, lo que desembocó en un disturbio seguido por la rápida huida del Senador hacia una oficina del Ministerio. Dos horas después Reutemann intentó huir hacia la calle, pero infortunadamente para él allí también había inundados entre los cuales una mujer le gritó “rata, huís como una rata”, antes de meterse en un auto que lo salvaría de la situación. Cuando pretendió arrancar, alcanzó a ver que le arrojaban un casco de motocicleta a su ventanilla mientras le gritaban “asesino”.

La Marcha de las Antorchas constituye sin dudas, un serio obstáculo para las pretensiones de la corporación política que el año próximo busca mantener la hemonía justicialista en la provincia desde que se recuperó la democracia en 1983.

* Parte 2.

 

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